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El perdón (Porque todo comienza en el corazón. ❤️)
Hace mucho tiempo, antes de ser rescatado por la luz, por estar en lugares equivocados me vi expuesto a un peligro muy grande: agredí y me agredieron. Me lanzaron muchas puñaladas y solo me propinaron una, pues Dios me protegió de ese peligro. Un día hicieron una dinámica en la iglesia; una de las hermanas hizo el rol de alguien que lo había ofendido a uno, con el fin de otorgarle el perdón a esa persona en ese momento. Visualicé a mi agresor, o sea, el que me dio la puñalada, y le dije: «Alejito, yo te perdono; yo sé que no fuiste tú, sino un espíritu maligno que me quería destruir», y me visualicé abrazándolo. Ese es un testimonio de que, por más grave que sea la falta contra uno, Jesús le otorga el don de perdonar y lo puede liberar de las cadenas del rencor. Se puede perdonar y sanar por completo esa herida que quedó en el corazón para vivir libre de la amargura. El perdón es uno de los frutos de cambio que más me ha liberado.
La unidad familiar (El cambio empieza a reflejarse en la familia. 👨👩👧)
La vida en Cristo me enseñó que el tiempo que uno le dedique a la familia debe ser de calidad; compartir con ellos es importante para afianzar la unión y los lazos familiares, ya que una familia unida le agrada al corazón de Jesús. Como se ve en el video, están mi sobrinita, la suegra de mi hermano y mi señora madre compartiendo una tarde de juego conmigo y en familia. Debemos enseñar a las nuevas generaciones el concepto de la unidad familiar para forjar una generación de bendición para nuestra sociedad; el evangelio se comienza a vivir en casa.
La unidad en la congregación (Luego la persona empieza a formar parte del cuerpo de Cristo. ⛪)
La esencia de Dios es el amor y, al igual que con la familia, debemos reflejar el amor de Cristo en la congregación, orando unos por otros y ayudándonos mutuamente. Porque el cuerpo de Cristo también es una familia y debemos amarnos así como Cristo nos amó en su ministerio terrenal, y como nos sigue amando desde la diestra de Dios Padre. La esencia de todo creyente en Cristo debe ser el amor al prójimo.
Dios me concedió la victoria sobre aquellas cadenas de drogadicción, de vicios, de depresión y de vacío que durante años dominaron mi vida y me impedían avanzar. Lo que antes parecía imposible comenzó a hacerse realidad cuando comprendí que su gracia era suficiente para sostenerme y fortalecerme cada día. Con el tiempo, mi manera de pensar, de actuar y de relacionarme con los demás fue cambiando. Aprendí a tomar decisiones con sabiduría, a caminar con firmeza aun en medio de las dificultades y a descubrir que mi vida tenía un propósito mucho más grande que el que alguna vez imaginé. Hoy procuro vivir cada día guiado por la voluntad de Dios, confiando en Él y creciendo continuamente en el camino que ha preparado para mí.


